





FOTOGRAFÍAS DE CLAUDIA NOVELO ALPUCHE
Anselma Chalé
Texto de Abraham Bote Tun
Una nube de abejas meliponas cuelga sobre la cabeza de Anselma Chalé Euan; la siguen a donde vaya. Las acaricia, mientras posan y bailan en su mano izquierda, sin morderla. La mujer ha creado un “santuario” en la subcomisaría de Xcunyá, al norte de la ciudad de Mérida. Un lugar verde, que alberga un huerto con plantas medicinales, junto a cientos de abejas sin aguijón.
El vínculo especial con sus hijas, “las arquitectas”, como llama a las abejas, es notorio. Las abejas, confiesa Anselma, sienten las energías; si hay personas molestas cerca, o con un enfado u odio, se van y no regresan. El santuario le da mucha paz, y aquí se la pasa todo el día.
En tres ocasiones, la mujer ha tenido que levantar desde los cimientos gran parte de sus colmenas y cajas de abejas meliponas, así como gran parte de su huerto, debido a las lluvias y huracanes que azotan el estado de Yucatán. La última vez, resguardó a todas sus abejas en su casa, dormían con ella junto a su hamaca.
Chalé Euan practica la meliponicultura, crianza de esta abaje ancestral maya. También es médica tradicional, partera, y profesa un amor infinito hacia la naturaleza. Hace 14 años formó una cooperativa junto con otras mujeres, para la crianza de esta especie, y preparar diversos productos para comer a base de miel.
Casi al final del terreno está su meliponario: dos palapas con cajas de abejas. Uno no pensaría que este lugar ha sido reconstruido en tres ocasiones. “Si vieras como estaba antes, no lo crearías”, dice Anselma, y tiene razón.
Su familia, su abuela, su madre curaban sus males con las plantas, con la miel; con orgullo, dice que es descendiente de médicas medicinales, chamanes y parteras. Su abuela les daba miel a las madres durante el parto, para que tuvieran fuerza y así pudieran “expulsar” al bebé.
Actualmente tiene más de 200 cajones y hobones llenos de abejas. Anselma, muy segura de sí misma, afirma que sí tiene una conexión con ellas. “Vengo acá y me siento muy tranquila trabajando, no me muerden, son inofensivas”.
Además, cuando pega su oído junto a sus colmenas, escucha su revoloteo; la energía que irradian llena su ser. “Ellas sienten la alegría, cuando pasa algo, tienes alguna enfermedad o estás de mal humor, baja la población”, explica: no mueren, sólo bajan al sentir malas energías.
Dentro del jardín, su huerto, con sus abejas encuentra la paz, y aunque lo ha perdido todo en tres ocasiones por las inundaciones, todo ha vuelto a retoñar, a resurgir. La primera vez murieron algunas, pero cuando supo que iba a llegar un huracán metió a todas sus abejitas dentro de su casa.
La miel que producen sus abejas la transforma en productos, desde jarabes de propóleo, con polen y miel, jabones, miel para comer, dulces, entre otros. La miel, destaca, es buena para los ojos, para el dolor de oído, cicatrizar heridas, regenerar tejidos del cáncer, anemia y para aliviar dolores de garganta.
“Las abejas son importantes para que vivan otras plantas, además es importante que las personas consuman los productos locales, la miel pura y virgen”, concluye.
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